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Arquitectura

El espacio público de Bogotá y la movilización social

junio 11, 2020
la calle y el movimiento social

El pasado mes de febrero se retomó la movilización social que surgió del Paro Nacional que empezó el 21 de Noviembre pasado.

Por redes sociales leí una frase que me quedó sonando por su contundencia y que me llevó a reflexionar en torno a ello; “Nos dijeron hable ahora o calle para siempre… y preferimos la calle para siempre” escribía algún desconocido y compartido por varios más.

Desde el 21N se ha desarrollado el Paro Nacional, y ha vuelto para agitar la agenda de Bogotá, movilizando a personas de diferentes ciudades del país en torno a la reivindicación de políticas menos excluyentes, la protección de la vida y el medio ambiente, el retiro de proyectos que precarizan la vida y otros tantos motivos que se fueron sumando.

Sin embargo, esto no es esporádico, a lo largo del año pasado se desarrollaron marchas estudiantiles y anti gubernamentales, alentadas y motivadas también por un contexto internacional álgido en el plano social.

La movilización social que se han venido desarrollando en ciudades de varios países como Chile, Ecuador, Haití, Puerto Rico, Hong Kong, Líbano y Colombia, tienen varios denominadores en  común; el rechazo hacia las clases dominantes, el uso desmedido de la fuerza, la desinformación, y uno en el que me quiero centrar hoy; La Calle.

En este texto quiero rescatar al espacio público como protagonista de las movilizaciones sociales y a la arquitectura que rodea esta dinámica.

Las Calles como elemento articulador de la vida

Las calles, las plazas, las vías, los parques de Bogotá se empezaron a convertir en el escenario de convergencia casi diaria alrededor de alguna actividad relacionada con el paro. asambleas, tomas culturales, homenajes, que vitalizaron ése espacio público que nos vende la publicidad, y que la ciudad mercantilizada nos niega.

la calle y el movimiento social
Carrera 7 / Edición Arley Morales

¿Qué tan público puede llegar a ser un espacio en el que eres sospechoso?

La urbanización acelerada de las ciudades modernas ha llevado al mercado a manejar no sólo la esfera privada, sino también la esfera pública de nuestra cotidianidad, a través de desarrollos inmobiliarios que precarizan los espacios comunes, y no estimulan el diálogo entre habitantes de un mismo lugar o barrio.

Paradójicamente, al crecimiento de las ciudades se le contrapone el aislamiento individual de sus habitantes, que propone lugares que son cada vez más hostiles, inseguros, cerrados.

¿Pero esto es culpa de las urbanistas y arquitectos? ¿La responsabilidad la tiene el libre mercado y su mano invisible o las personas que no compartimos?

El estado, las  municipalidades o el distrito, en el caso de Bogotá, le echan mano al urbanismo que gestiona y regula el paisaje para transformarlo a sus intereses, es decir, a los intereses de todos nosotros, que somos ese estado, esa municipalidad o ese distrito,

¿pero eso sucede en la práctica? ¿La ciudad nos brinda espacios que nos permita ejercer el derecho a ser ciudadanos plenamente?

En las polis griegas, referentes de nuestra democracia, existía un espacio público no tan público, pues no a todos los habitantes de esos territorios se les permitía estar en las plazas, en los aforos, ágoras y en ciertas calles; debían ser ciudadanos libres, no extranjeros, para disfrutar y deliberar sobre los asuntos públicos.

Así vemos como la exclusión ha existido en las ciudades, por el imperio de la ley.

Si queremos cambiar la ciudad, debemos apropiarnos de las calles

movimiento social
Parque de los Hippies / Edición Arley Morales

En las ciudades romanas pasaba lo mismo, los ciudadanos tenían derecho a los bienes comunes como puentes, caminos, fuentes de agua con exclusión a los no ciudadanos, así se define la categoría de lo público a partir de la condición del populus o persona, y de esa institucionalidad como ley universal.

En la edad media surge la noción de bienes comunales, refiriéndose al conjunto de bienes dados a la explotación comunal, sin embargo, esta relación está direccionada a unos vínculos de autoridad como el señor feudal que la ejerce sobre sus vasallos.

La noción de lo público sigue relacionada con el privilegio y derechos excepcionales y por el contrario surge lo común en lugares comunitarios como la dula o espacio para el ganado, manantiales, ríos, plazas de mercado, etc.

Según Habermas, la constitución de la esfera pública, y por lo tanto del espacio público, le confiere una identidad de lugar desde el cual la burguesía luchaba por sus propios intereses contra un estado despótico.

Sennet también hace referencia al tema, señalando que los primeros usos del concepto  de lo público, hacía el siglo XV, referían al bien común de la sociedad, pero años después se transformó en aquello que es abierto a la observación general.

la Calle se plantea como un territorio en disputa

En el siglo XX, se concibe el espacio público como el lugar de defensa y de resistencia social frente al poder capitalista o frente a un estado autoritario, por lo que lo público es garantía de derechos sociales e intereses comunes. Precisamente por ello la Calle se plantea como un territorio en disputa, pues es allí en dónde se articula la vida pública de toda la ciudad y fluyen sus habitantes.

La planificación como tal de la ciudad surge a partir de la revolución industrial y la mecanización de la vida; la necesidad de mano de obra traslada a miles de campesinos a los centros industriales, y en búsqueda de mayor optimización se construyen lugares de residencia y espacios que complementen su habitar, por supuesto desde la perspectiva de los dueños de las industrias no de los trabajadores, delineando así el paisaje que constituye la nueva ciudad.

Como primer lugar estaba sanear las condiciones de las ciudades deterioradas y existentes. Se estudian, planifican y ordenan; allí nacen los grandes planes de ciudades Europeas de la mano de Haussmann  en Paris, a pedido del mismo Napoleón III, plan que junto a otros factores facilitó la caída de la Comuna de Paris.

Siguieron así otras ciudades europeas y su modernización; Barcelona, Viena, Florencia, Londres o Bruselas que llevaron a sus calles el funcionalismo que necesitaba ese capitalismo naciente, y con ello una planificación de ciudades para el control, claramente mejorando las condiciones de vida de los habitantes a nivel sanitario y de salud, sobre todo a las clases altas a fines al poder.

La transcendencia social al espacio público

Con el cambio de modelo económico, también surge el cambio de modelo social, político, cultural y espacial, que se muestra muy burdamente en la contraposición campo-ciudad, y con una arquitectura más abierta, dónde hay un control visual sobre los ciudadanos (para evitar barricadas y facilidad en la movilización de tropas); diferente de la ciudad medieval con trazados más quebrados, cerrados y ocupados más por el lleno que por el vacío, como se ven en los planos de Noli (positivo-negativo), es por ello, que lo relevante de ese cambio es el discurso de poder que se re afirma a partir de allí y su arquitectura de control, moderna, capitalizada e industrializada.

Por supuesto todo esto que sucede en Europa llega a las ciudades Americanas y a Colombia, sin embargo, se basa en modelos teóricos y abstractos, que se imponen sobre la ciudad latinoamericana, rescatando ideas grecorromanas e instalando la plaza como fundamento de lo público, pero rodeado de las esferas del poder.

Bogotá no es la excepción a esto; como vemos la Plaza de Bolívar está rodeada al occidente del Palacio de Liévano (sede del poder de ejecutivo), al oriente la Catedral Primada de Colombia (sede del poder eclesiástico), al norte el Palacio de justicia (sede del poder judicial), y al sur el Capitolio Nacional (sede del poder legislativo).

Edificios, plazas y espacios diseñados por arquitectos de apellidos Reed, Cantini, Teranini, Lelarge, Saenz de Santamaría y otros tantos, que no sé si pensaron que sus edificios en mármol terminarían rayados por una poética insurgente y contracultural con frases como:

“Lucharemos hasta que veas más a tus hijos que a tu jefe” o “Si quieres cambiar la ciudad, tienes que controlar sus calles”.

La plaza de Bolívar como escenario de protestas

Lugar tantas veces lleno de personas y gritos en diferentes momentos y por diferentes razones, lugar que ha sido el escenario espacial de muchas vidas y disputas. Este escenario en el cual se congregan las organizaciones y se disputa el poder, como elemento urbano, es la sede de formas plurales de expresión ciudadana y de maneras diversas de apropiación colectiva e individual de la ciudad.

En el centro de la Plaza de Bolivar, que ha sido epicentro del acontecer público de la ciudad, actualmente hay un Bolívar, antes hubo carros y árboles, y en otro momento fuentes de agua, o picotas (columnas para azotar reos), lo que conlleva un sin número de simbolismos y significados diferentes en la historia que aterrizamos en lo material y en presencia; pues la presencia de los habitantes es la que hace al espacio, por eso la ciudad y la plaza es el resultado de todas esas relaciones (simbólicas y/o materiales) que estuvieron, están y estarán moviéndose.

En las lenguas anglosajonas como el inglés o el alemán, o tantas otras, ser y estar son el mismo verbo To be / Sein, por lo que al estar en un lugar estamos al mismo tiempo siendo en ese lugar y allí afloran todos esos simbolismos y significados existentes, por eso percibimos el espacio de una manera diferente cada cual.

El espacio y quien lo habita

Casos como el de Dylan Cruz, joven asesinado por el ESMAD el 23 de noviembre, no es igual de doloroso para quienes hayan marchado por ahí, como para alguien que jamás haya pasado por esa esquina de la 19 con 3 del centro de Bogotá.

Los lugares se van transformando a partir de un movimiento dialectico entre el espacio y quien lo habita, por lo que esa esquina se volvió un lugar de romería alrededor de la desmilitarización de la vida juvenil, por lo que la lógica de esa esquina cambia para quien ve en ese lugar, un lugar común.

la calle y el movimiento social
Universidad Nacional / Edición Arley Morales

El espacio público se transforma, de esa lógica pre establecida, a puntos de encuentro en los que se establecen formas de relación ciudadana con un sentido compartido. Allí los espacios dejan de ser netamente públicos y se convierten en un espacio común, bajo unas apropiaciones específicas y unas relaciones simbólicas.

El espacio se vuelve común y se valora como público por la intensidad y calidad de relaciones sociales que facilita, por su capacidad de mezclar grupos y comportamientos, de estimular la identificación simbólica, la expresión y la integración cultural.  

La transformación simbólica de los lugares también pasa a planos materiales; un ejemplo de ello es cuando se identifican estos espacios de manera diferente, una muestra clara de esto es el cambio de nombre de las plazas y lugares quitándoles esa oficialidad y llevándolos a un concepto más común a las identidades que lo habitan.

En Santiago de Chile, miles de ciudadanos llenaron la Plaza Italia. Una plaza del centro de la ciudad reclamando el cambio de políticas sociales y neoliberales, semanas después se llamó Plaza de la Dignidad.

Así existe una variedad de lugares nombrados desde los habitantes, constituyéndose como bienes comunes; lo que debería plantear el urbanismo y la arquitectura para el espacio público, es una relación más dinámica con esa apropiación de la vida social y la destotalización en esa realidad dominante.

El movimiento social en Bogotá, empezó a entender esa relevancia a nivel espacial, y llevó toda esa rabia a otros lugares, descentralizando la indignación y territorializando las luchas.

El punto máximo de encuentro dejó de ser la plaza de Bolívar, como epicentro de poder y contrapoder. Ya las marchas se dirigieron para otros lugares los cuales estaban en disputa, las movilizaciones empezaron a llegar a las calles del Norte y del Sur.

Escenarios como el monumento a los Héroes sobre la Autopista, el parque de los Hippies, la plazoleta del Carulla en la 85 con 15, el Aeropuerto, el Parkway y hasta los Portales de Transmilenio en las localidades periféricas se transformaron en centralidades diferentes que aglutinan personas reclamando su derecho a ser ciudadanos y ciudadanas, a estar y a ser, a participar y transformar la ciudad y el territorio.

movimiento social
Calle de Usme / Edición Arley Morales

Hasta los niños de un conjunto residencial en Bosa fueron protagonistas de esas disputas de poder sobre el espacio público, cuando salieron a protestar con pancartas y arengas adentro del conjunto residencial reclamando la re apertura de su parque en el cual pueden jugar y básicamente ser niños.

Gracias a esos espacios comunes, las calles no solamente se convirtieron en escenarios en disputa, también se convirtieron en diversas propuestas de modelos de vivir el espacio, de nuevas formas de relacionarse y construir una ciudad a partir de los valores que propone la movilización social.

Salir a la calle

Salir a la calle y participar de la movilización social para hablar de los problemas que aquejan a la ciudadanía, es una ganancia para la calidad de vida de los Bogotanos y Bogotanas; poder tomarse las calles a partir de la vivencia individual y construcción colectiva, es llevar a cabo esa democratización del espacio que nos prometieron, desde una simple conversación sobre la Reforma Tributaria; sentados en la mitad de la Av. Caracas, hasta hacer Yoga en la Séptima, y una sinfónica en el parque de los Hippies, también las tantas clases a la calle en el Parkway o en la Plazoleta de las Nieves.

la calle y el movimiento social
Parque de los Hippies / Edición Arley Morales

Las intervenciones en el espacio de colectivos artísticos o culturales, efímeras o esporádicas o en general de cualquier ciudadano y ciudadana hacen arquitectura, pues estando en el espacio son en el espacio y eso es lo que busca el ser humano.

Precisamente al negarle a los habitantes de la ciudad el acceso al espacio, cuando no se puede estar, se nos está negando ser nosotros, nos quitan esa esa categoría de ciudadanos con derechos.

Cuando el ESMAD llega a despejar a los manifestantes o se decretan toques de queda, con estrategias de terror y miedo se le coarta la posibilidad a la ciudadanía de vivir como tal, pero esto sólo es parte de esa disputa por el territorio que quienes tienen el poder no están dispuestos a soltar.

La arquitectura y el urbanismo en la movilización social

El papel de la arquitectura y el urbanismo es proponer espacios que respondan a esas lógicas, espacios que propicien lo común, amigables, dinámicos, dispuestos al dialogo entre las personas y el lugar, que se transformen en la misma medida que se transforman los habitantes de la ciudad.

Buscar modelos alternativos de gestión del territorio y del espacio público, que supere la dicotomía Estado- Mercado / Público –Privado, y que promuevan la construcción colectiva del hábitat.

La tarea de repensar eso que entendemos como espacio público es para cada uno de los habitantes de las ciudades y territorios, pues es la dignificación de nosotros como ciudadanos; es necesario que habitemos las calles, que las caminemos, que nos tomemos los espacios, básicamente que seamos en el espacio y descubramos nuestro territorio.

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